Publicado en Educación, Geografía, Historia

Las Ciencia Sociales importan

Imagen: Pixabay

El último número de la revista Enseñanza de las Ciencias Sociales, editada por la Universidad de Barcelona, a la que dedicaremos una próxima entrada, abre con un interesante editorial firmado por Joaquín Prats titulado “La Historia importa” en el que hace un alegato en contra de las reformas de corte neoliberal que, como en los casos de Chile, Italia, Gran Bretaña, Brasil, etc. proponen relegar a la Historia y, en general, a las Ciencias Sociales y Humanidades, a un segundo plano con la finalidad de converger hacia los modelos internacionales de evaluación de los rendimientos escolares y de valoración de los sistemas educativos (PISA), que controlan las grandes organizaciones económicas internacionales (OCDE, Banco Mundial y FMI) y que plantean “un sistema educativo como instrumento para la formación de la fuerza de trabajo“. Indudablemente, molestan las disciplinas que hacen pensar, que sirven para desarrollar el pensamiento crítico y que permiten dotar de armas intelectuales al alumnado para cuestionar la realidad en la que se mueven.

En este sentido, me ha recordarlo la tesis que, en 2010, defendía la profesora estadounidense y premio Príncipe de Asturias de Ciencias sociales, Martha Nussbaum en su libro “Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades“, publicado en 2010 por Princeton University Press, sobre la tendencia mundial a erradicar las artes y las humanidades de la educación secundaria y universitaria, por ser consideradas “ornamentos inútiles”. Esta autora, inspirada en los grandes pensadores y educadores humanistas como Dewey, Rousseau o Tagore, propone un modelo de educación para el “desarrollo humano”, que se presenta como un elemento indispensable para la democracia y para el cultivo de un civismo de orientación mundial. Todo lo contrario que estamos viendo en la actualidad, en la que predomina un modelo educativo derivado del sistema económico-social neoliberal que no considera importantes ni la distribución de la riqueza ni el afianzamiento de la democracia y aspectos esenciales para el desarrollo de las personas y, por extensión, del sistema democrático, el pensamiento crítico. Nussbaum habla de una “cultura del crecimiento económico” que defiende la idea de una educación en términos de creación de una élite competente para los negocios, puesta al servicio incondicional de sistemas que desalientan la actitud analítica y crítica, ya que “la libertad de pensamiento resulta peligrosa” porque atenta contra la docilidad que se espera de los estudiantes y generadora de una masa de estudiantes adocenados que servirán como correa de trasmisión del sistema, como fuerza trabajadora puesta al servicio de ese sistema. Esa cultura realza sobremanera a la información y por tanto a los exámenes estandarizados por encima de otras formas de evaluación. Lo peor de todo ello es que ha hecho creer a padres, madres, profesorado y sociedad en general de la importancia de este enfoque y de las disciplinas STEM y de la inutilidad de las disciplinas humanísticas y artísticas. La Filosofía, a Literatura, la Historia, la Geografía, el Arte, la Música, la Danza, etc. no sirven para nada .. para nada que el sistema económico actual no considera útil.

Es más, esta autora considera que la educación democrática está en peligro, ya que, en sus propias palabras, “Las democracias cuentan con un gran poder de imaginación y raciocinio, pero también son propensas a las falacias, al chovinismo, a la prisa, a la dejadez, el egocentrismo y a la estrechez de espíritu. La educación orientada principalmente a la obtención de renta en el mercado global magnifica estas fallas y produce semejante grado de codicia obtusa y de docilidad capacitada que pone en riesgo la vida misma de la democracia, además de impedir la creación de una cultura mundial digna“.

Martha Nussbaum defiende un modelo educativo alternativo en el que se cultive la reflexión, el pensamiento crítico, la imaginación y la creatividad, la empatía y en el que las humanidades tengan un mayor peso que el que se da en la actualidad. Pero, para ello, la autora norteamericana ve imprescindible que los docentes cambien la manera de hacer las cosas y eso precisa, por un lado, de una mejora en la formación del profesorado y de un cambio en el ethos de los centros educativos, esto es, en el compromiso personal y en una reorientación de los modelos de gestión y organización de dichos centros. En definitiva, replantear el compromiso personal e institucional de los agentes educativos.

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