Publicado en Geografía, Innovación educativa

De la Geografía Emocional a la Neurogeografía (II).

Imagen de piviso en Pixabay

La entrada anterior la finalizábamos preguntándonos si era necesario desarrollar un enfoque neuronal en la Geografía, en consonancia con otras adaptaciones epistemológicas realizadas por ciencias afines (o no afines) o habría que crear una nueva rama de la Geografía llamada Neurogeografía. Si optamos por aplicar algunas de las aportaciones que van apareciendo de la neurociencia a la Geografía, creo que estaríamos desarrollando más la Geografía de la percepción o la Geografía emocional que creando una nueva rama de la ciencia geográfica. para dilucidar estar cuestión tendríamos que comenzar haciendo una breve inmersión en el mundo de la neurociencia. Para ello, hay numerosas publicaciones, blogs, etc. que nos pueden servir para actualizar el conocimiento sobre esta joven ciencia. autores como Antonio Damasio, Sarah.Jayne Blakemore, Joseph Ledoux, J. Morgan Allman, Stan Dehaene, José Antonio Marina, Tomás Ortiz, Francisco Mora, entre otros muchos, nos pueden acercar a los avances de la neurociencia. Para estar al día de los avances de la neurociencia el blog de Jesús Guillén es un referente necesario, sobre todo cuando nos adentramos en la neurodidáctica.

Lo cierto es que el desarrollo de las neurociencias ha sido increíble en los últimos años. Según afirmaciones del neurocientífico Richard Restak más del 90% de lo que se ha aprendido sobre el cerebro humano se ha producido desde 1997 y más del 80% de lo que se creía que era cierto sobre el cerebro antes de 1990 se ha demostrado que es falso. Efectivamente, hasta los años 70, la neurociencia ni siquiera existía como ciencia independiente, si no que era una parte más de la biología. Hoy en día, los grandes proyectos de investigación están relacionados con el cerebro humano. Por ejemplo, el principal proyecto científico planteado por el presidente estadounidense Obama fue la Iniciativa BRAIN (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies), presentada en 2013, con una duración de diez años y con el objetivo es lograr cartografiar la actividad de cada neurona del cerebro humano, esto es, hacer una Geografía del cerebro. O, con igual dimensión e importancia, el europeo Proyecto Human Brain (Cerebro Humano), en el que participan más de 100 universidades, hospitales de enseñanza y centros de investigación en toda Europa. En este proyecto se trabajarán aspectos como la neuroinformática, simulación cerebral, neurorobótica, informática médica, etc. pero también aspectos educativos y éticos derivados de este proyecto. Tremendamente interesante.

Cabe hacernos la pregunta: ¿cómo puede afectar la neurociencia al desarrollo de la Geografía? o bien, ¿qué aspectos de la Geografía pueden desarrollarse a partir del conocimiento del cerebro humano? Quizás el aspecto más importante en que puede incidir la neurociencia en nuestra disciplina es en la concepción y sobre todo en la percepción del espacio, esto es, la función visuoespacial del cerebro. Es ésta una habilidad esencial para percibir el espacio y orientar y dirigir nuestros movimientos e interactuar con el entorno. Puede parece una obviedad decir que nuestro cuerpo ocupa un lugar en el espacio y que se relaciona con otros elementos en dicho espacio. Es igualmente una evidencia indicar que nuestro cerebro genera representaciones mentales de determinados espacios y que manipula y modifica estas representaciones para desplazarse y relacionarse en él y con él. Ya lo indicamos cuando hablamos de la Psicogeografía. El entorno actúa y modifica la percepción que nos hacemos de él, pero, inversamente, el cerebro es capaz de percibir, interpretar y concebir ese espacio en función de múltiples variables. Es más, algunos filósofos llegan incluso a cuestionar la existencia de la realidad fuera de nuestro cerebro, esto es, lo que percibimos es sólo una recreación de la mente, una especie de matrix.

Imágen de la secuencia inicial de la película ‘Matrix’ (1999). 

Hace relativamente poco tiempo, se descubría cómo el cerebro se orienta en el espacio, es decir, el sistema de navegación que nos sirve para orientarnos en el espacio que ocupamos. Se trataría de un sistema basado en dos tipos de neuronas específicas: las células de lugar, que codifican nuestra posición y las células de red, que se activan cada vez que pasamos por un sitio y que servirían para reconocer espacios.  Estas células de red fueron descubiertas por los neurocientíficos noruegos May Britt Moser y Edvard I. Moser, descubrimiento por el que recibieron conjuntamente el premio Nobel de Medicina en 2014, junto al neurólogo norteamericano John O’Keefe, quien descubrió las células de lugar, que indicábamos anteriormente. Según este descubrimiento, cuando pasamos por un sitio determinado las neuronas red se activan y dibujan una especie de mapa que nos facilita el reconocimiento del lugar y el movimiento por dicho espacio. Sobre cómo efectúan esta función, aún se está estudiando pero se han avanzado diversas hipótesis. Lo interesante es que nos encontramos ante un sistema de navegación que permite el reconocimiento del lugar y el desplazamiento en el mismo. No se trata de una trayectoria recordada, sino de una verdadera hoja de ruta, análoga a la que el GPS del coche, como una auténtica simulación mental de lo que ocurrirá posteriormente. Estas neuronas se encontrarían repartidas en diversas regiones del cerebro, pero, principalmente en el hipocampo y en la corteza entorrinal (lóbulo temporal medio). Curiosamente, recientes estudios vienen a demostrar que existe una menor activación de estas áreas cerebrales dedicadas a la orientación espacial con la utilización de navegadores y que ésto está debilitando la capacidad del cerebro para orientarse y disminuyendo la memoria espacial. A principios de siglo, la neuróloga irlandesa Eleonor Maguirre realizó un estudio sobre los taxistas de Londres. Éstos tienen que superar una durísima prueba para obtener la licencia que consiste en memorizar 25.000 calles y miles de lugares. El aprendizaje medio es de 3 a 4 años y solo la mitad de los aspirantes aprueba. Maguirre demostró que los taxistas que había superado esta prueba tras los años de entrenamiento tenían el hipocampo posterior más grandes que aquellas personas que no se habían preparado dicha prueba (grupo de control) o que no la habían superado. Este estudio nos puede servir para afirmar que el entrenamiento sirve para cambiar el cerebro. Así pues, si queremos desarrollar memoria espacial tenemos que entrenar el hipocampo.

¿Tendrían razón los maestros de antaño cuando nos hacía aprender de memoria los afluentes, ríos, capitales de países, montañas, etc.? ¿Estaremos perdiendo memoria espacial y, por consiguiente, capacidad de pensar geográficamente con el uso de dispositivos que nos facilitan el movernos por el espacio?

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