Publicado en CEP, Cursos, General

Reflexiones sobre Asesoramiento Docente y Formación Permanente del Profesorado (II).

Retomamos el apunte. Jaume Martínez Bonafé, en su artículo publicado en la revista digital “Profesorado. Revista de curriculum y formación del profesorado” (Universidad de Granada, abril de 2008 ) y titulado “El olvido de la investigación-acción en el asesoramiento docente y en la innovación educativa“, se plantea la investigación sobre la práctica, esto es, la investigación-acción, “como el camino para construir el conocimiento crítico sobre la escuela y, por lo tanto, como forma y fondo del asesoramiento, la formación y el apoyo al profesorado”.

Resalta las bondades de esta práctica que, sin embargo, no goza de buena salud. Y ¿porqué?. En opinión del autor, la razón de ello es que estamos instalados (tanto asesores como profesores) en una racionalidad (¿obligada o acomodaticia?) que “desperdicia y da la espalda a esa estrategia de construcción de conocimiento profesional que parte del reconocimiento del sujeto y de su capacidad para problematizar su experiencia”. La cuestión sería plantearse las condiciones necesarias, precisas, para llevar a cabo esta estrategia metodológica, en condiciones favorables, o al, menos, neutras, aspecto éste que, hoy, resultaría complicado prever en plena fiebre de las competencias, las pruebas de diagnóstico y los planes de mejora y calidad. Para el profesor Martínez Bonafé, tenemos que tener en cuenta una amplia pluralidad de condiciones para llevar la investigación-acción a nuestra práctica profesional. En primer lugar señala las de carácter epistemológicas y académicas refiriéndose a que, generalmente, la experiencia social y pedagógica de la educación es mucho más amplia de lo que la tradición académica conoce y considera importante. En este sentido ve como un desprecio (y por extensión desperdicio) a la experiencia y a las iniciativas y movimientos alternativos al posicionamiento oficial. Es decir, no están bien vistas aquellas prácticas que se salen de lo oficialmente reconocido, y, por consiguiente, se desprecian o infravaloran, cuando no se atacan como “pedagógicamente peligrosos”. Esto hace que el profesorado (y los asesores y asesoras) no se planteen un cambio de su práctica docente por miedo a diferenciarse excesivamente de la tónica normal y parecer que, o bien quiere destacar sobre los demás, o bien, parece que no se considera válida la práctica mayoritaria. Un cambio de esta racionalidad implicaría valorar otros saberes, otros conocimientos además de los establecidos y hegemónicos.

Existen, en segundo lugar, los condicionamientos curriculares y de formación docente. Aquí nos incluimos nosotros, los asesores. El autor señala que “Las sucesivas reformas curriculares incrementaron la conocida escisión entre el contexto de formulación y el contexto de realización; a ningún profesor se le ocurre hoy pensar que está protagonizando ningún cambio curricular, simplemente espera a las propuestas de las editoriales del libro de texto.” Esto implica que el profesorado ha renunciado a su capacidad de iniciativa, aspecto éste que se ve reforzado por el tipo de formación permanente que recibe, mayoritariamente expertista. Coincido con él, en que el modelo de formación consumista (necesidad de acumulación de horas de certificación a asistencia a cursillos para sexenios, traslados, etc.) ha acabado con la mayor parte de las iniciativas de investigación educativa reales.

Por último, remarca la importancia de las condiciones políticas, administrativas y sindicales en el desprecio de la estrategia investigativa: En ninguna de las recientes reformas del sistema educativa, incluida la que está en marcha (LOE, LEA) a ninguna Consejería ni Ministerio se le ha ocurrido construir el currículo y el desarrollo profesional con la participación efectiva y real (no meramente simbólica) del profesorado. Este hecho se une al ambiente de desmovilización y a la actitud acrítica de gran parte del colectivo.

A pesar del panorama que nos dibuja el profesor Martínez Bonafé, acaba su artículo con un canto a la esperanza, “existe la esperanza de encontrar archipiélagos en medio del naufragio. La posibilidad también de otros saberes emancipatorios entre el profesorado”. Aboga por encontrar esos otros caminos que lleven al profesorado a una práctica docente emancipatoria. En este camino la importancia de la formación del profesorado es evidente. Se debe también cambiar la práctica asesora: del expertismo, de la convocatoria de cursillos en los que se da una comunicación unidireccional, relegando la experiencia del profesorado a un segundo plano, a la formación reflexiva y participativa, en la que el protagonista es el profesor o profesora y en la que el asesor toma un papel más participativo y efectivo. Los CEPs deben ser ese motor de cambio, pero de un cambio real y emancipatorio, siempre que retomen el papel para el que fueron creados (¿o no?).

En conclusión, un artículo que, de manera sintética pone sobre la mesa una serie de puntos que se deberían tratar con más detenimiento pero que, sin duda, abre las puertas para un interesante debate en pleno fiebre competencial. ¿Vamos por el buen camino o la nueva reforma supone un giro en la política educativa llevada acabo en los últimos años, con lo que de aceptación de fracaso evidente puede suponer?. Profundizaremos más en ello.

(Incluimos un pp. sobre la estrategia educativa de la investigación-acción interesante).

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